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Canal Diocesano - Popular TV

Radio Santa María de Toledo "PAN DE VIDA"

Pueden escuchar el programa de radio "Pan de Vida" del Arzobispado de Toledo, España. Programa dedicado a fomentar la Adoración Eucaristica perpetua en la Diócesis de Toledo desde que se inició en el año 2005. Lo interesante de este programa es que durante la primera media hora son testimonios de personas que participan en la adoración y cómo les ha cambiado la vida. En la segunda parte D. Jesús, sacerdote y rector de la Capilla, aclara dudas que le surge a la gente, con sencillez y fiel a la doctrina. El Horario (ESPAÑA) Jueves 20 a 21 horas-- Viernes 1 a 2 horas-- Sábado 0 a 1 horas-- Domingo 9 a 10 horas

miércoles, 30 de diciembre de 2009

¿Qué podemos desear para el próximo año?



Este texto recoge muchos de los deseos que todos nos enviamos para el nuevo año que se avecina.
Sed felices y esforzaos por hacer felices a los demás, especialmente a los que tengáis más cerca y a los que más lo necesitan.

Que las verdaderas amistades continúen eternas y tengan siempre un lugar especial en nuestros corazones.

Que las lágrimas sean pocas, y compartidas.

Que las alegrías estén siempre presentes y sean festejadas por todos.

Que el cariño esté siempre entre nosotros.

Que Dios esté siempre con su mano extendida apuntándonos el camino correcto.

Que las cosas como la envidia o el desamor, sean sacadas de nuestra vida.

Que aquél que necesite ayuda encuentre siempre en nosotros la reconfortante palabra amiga.

Que la verdad siempre esté por encima de todo.

Que el perdón y la comprensión, superen las amarguras y las desavenencias.

Que todo lo que soñamos se transforme en realidad.

Que el amor por el prójimo sea nuestra meta absoluta. Y que ese mismo amor mantenga unidas las familias.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Herodes mandó matar a todos los niños en Belén


Herodes mandó matar a todos los niños en Belén

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 2, 13-18


Después que los Magos se fueron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
"Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te avise; porque Herodes va a buscar al niño para matarlo".
José se levantó de noche, tomó al niño y a su madre, y partió hacia Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por el profeta: De Egipto llamé a mi hijo.
Entonces Herodes, viéndose burlado por los Magos, se enfureció tanto que mandó matar a todos los niños de Belén y de todos sus alrededores que tuvieran menos de dos años, conforme a la información que había recibido de los Magos. Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías:
Se ha escuchado en Ramá un clamor, un gran llanto y lamento: es Raquel que llora por sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen.

>>> PRECES <<<

Por la Iglesia, para que siempre proclame con valentía el derecho humano a la vida, roguemos al Señor.
Señor, ten piedad.

Por todos los que sufren violencia y persecución por causa del Evangelio y de la justicia, para que, por intercesión de los santos Inocentes, sean fortalecidos en la lucha contra toda forma de mal, roguemos al Señor.
Señor, ten piedad.

Por todos los que detentan alguna forma de autoridad y poder, para que sepan ejercerlo al servicio de los seres humanos, sobre todo de los más débiles e indefensos, roguemos al Señor.
Señor, ten piedad.

Por todos nosotros, para que, a semejanza de los niños, consigamos acercarnos a Dios con las actitudes de sencillez y disponibilidad requeridas por Cristo para entrar en el Reino de los cielos, roguemos al Señor.
Señor, ten piedad.


Recibe, Señor, la oración de tu Iglesia, y, por la Encarnación de tu Hijo, que quiso asumir la condición de niño desvalido y necesitado, a semejanza de los mártires inocentes, recíbenos en tu reino de luz y de amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

«Todos los que le oían quedaban asombrados»


Sagrada Familia: Jesús, María y José. Ciclo C

«Todos los que le oían quedaban asombrados»

Lectura del primer libro de Samuel 1,20-22.24-28

«Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, pues dijo: ¡Al Señor se lo pedí! Cuando su marido Elcaná subió con toda su familia para ofrecer al Señor el sacrificio anual y cumplir sus promesas, Ana no quiso subir, sino que dijo a su marido: Cuando el niño haya sido destetado, yo lo llevaré para presentárselo al Señor y que se quede allí para siempre. Después subió con el niño al templo del Señor en Siló, llevando un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino.

Cuando inmolaron el novillo y presentaron el niño a Elí, Ana le dijo: Señor mío, te ruego que me escuches; yo soy la mujer que estuvo aquí, junto a ti, rezando al Señor. Este niño es lo que yo pedía, y el Señor me ha concedido lo que le pedí. Ahora yo se lo cedo al Señor; por todos los días de su vida queda cedido para el Señor. Y se postraron allí ante el Señor».

Lectura de la primera carta de San Juan 3,1-2.21-24

«Considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo ha conocido a él. Queridos, ahora somos ya hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Queridos míos, si nuestra conciencia no nos condena, podemos acercarnos a Dios con confianza, y lo que le pidamos lo recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros según el mandamiento que él nos dio. El que guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. Por eso sabemos que él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado».

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 2, 41 -52

«Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.

Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando". El les dijo: "Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.»




 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

En el hogar de Nazaret se verifica plenamente el ideal del amor fraterno que resume la hermosa y exigente exhortación del apóstol San Juan: «que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros según el mandamiento que Él nos dio». (Segunda Lectura). En la Primera Lectura y en el Evangelio se mencionan dos familias y dos mujeres; entre las que parece darse un cierto paralelismo, con algunas semejanzas y con muchas diferencias. Son la familia de Ana y de María. A ambas Dios les concedió un hijo de un modo singular: el profeta Samuel a Ana, Jesús de Nazaret a María. Ambas saben del llamado especial a su hijo y están dispuestas a responder al amoroso Plan de Dios.

«Ahora yo se lo cedo al Señor por todos los días de su vida»

Siló era la ciudad donde se plantó la «tienda de la adoración» (el tabernáculo), después de la conquista de Canaán. Siló se convirtió en el centro del culto de Israel y la tienda de campaña será sustituida por una construcción más sólida. Todos los años se celebraba una fiesta especial (ver Jue 21,19-21). Los padres de Samuel (Ana y Elcaná) acudían a Siló pata adorar a Dios. En una de esas visitas Ana, que oraba a Dios pidiéndole un hijo, le prometió que si Dios se lo concedía, ella se lo devolvería para consagrarlo a su servicio. Nació entonces Samuel y Ana cumplió su promesa. Entregó a su hijo al santuario y Samuel se crió en el templo bajo los cuidados de Elí. Samuel, cuyo nombre significa «su nombre es Dios», es considerado el último de grandes jueces de Israel y uno de los primeros profetas.

Una noche Samuel recibió un mensaje en el que se decía que la familia de Elí sería castigada por la crueldad de sus hijos. Al morir Elí, Samuel tuvo que enfrentar una situación muy difícil. Israel fue derrotado por los filisteos y el pueblo creía que Dios ya no se preocupaba más de ellos. Samuel mandó destruir los ídolos falsos y gobernó en paz durante toda su vida. Cuando llegó a anciano nombró jueces a sus hijos pero el pueblo quería un rey. Al principio Samuel se opuso. Pero Dios le dio instrucciones para que ungiera a Saúl. Después que Saúl hubo desobedecido a Dios, Samuel ungió a David como siguiente rey. Todos en Israel lloraron la muerte de Samuel.

«Seremos semejantes a Él»

En estos días de la Octava de Navidad una de las certezas que podemos tener es la del inmenso amor que Dios nos tiene. La razón por la cual Dios se hace Hombre como nosotros no es otra sino la de ofrecernos un bien que sólo Él nos puede otorgar: la vida eterna. Esta certeza debe de llenar nuestro corazón de esperanza ya que Dios nos hace hijos suyos y nos hace herederos de la felicidad eterna. El ser hijos de Dios es pura gracia; consecuencia de haber nacido de Él (1Jn 2,29); sólo desde aquí es posible la existencia del cristiano y de la comunidad reunida en torno a Jesús. La filiación divina es una realidad actual. Lo demuestra la acción del Espíritu, sin la cual no sería posible la existencia cristiana en el mundo y frente a él (ver 1Jn 2,20.27).

La recta y sana conciencia es la de aquél que vive de acuerdo a lo que cree. Es decir la coherencia nos lleva a «acercarnos a Dios con confianza». Muy diferente al miedo provocado por la cercanía de Dios que tuvieron nuestros primeros padres tras la primera nefasta caída (ver Gn 3,8). Al acercarnos con la suficiente confianza a Dios podremos dirigirnos a Él por medio de la oración, con la garantía de ser oídos, ya que el cumplimiento de su voluntad es el mejor argumento para abrir sus oídos (ver St 5,16b; Jn 9,31). Dios atiende la oración de aquél que cumple sus mandamientos. Estos se desdoblan en dos: creer y amar. Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros. Ésta es la mejor síntesis de la insuperable unidad de los mandamientos. El párrafo termina con la siguiente afirmación: el guardar sus mandamientos tiene como consecuencia la comunión mutua y permanente entre Dios y el creyente. El argumento decisivo de dicha comunión para el creyente es la posesión del Espíritu Santo. La confesión auténtica de la fe cristiana y el amor mutuo son argumento definitivo de la presencia del Espíritu.

«Todos que lo oían estaban estupefactos»

Jesús de Nazaret es el mismo Verbo de Dios que “acampa” entre nosotros. Y Él, Creador del cielo y de la tierra, pudo prescindir de todos los bienes de esta tierra y de los honores de los hombres; pero no pudo prescindir de una familia. Por eso, Él no sólo nace de María Virgen, sino de María unida en matrimonio con José, de manera que al Hijo de Dios hecho hombre se le ofreciera el ambiente humano en el que debe venir a este mundo todo hombre: la familia. Por eso la Iglesia ha establecido que el Domingo que cae dentro de la Octava de Navidad, que es como un gran día de Navi¬dad que dura ocho días, se celebre la solemnidad de la Sagrada Familia. Y el Evange¬lio de este Domingo nos pre¬senta un episodio de la infan¬cia de Jesús en que actúan todos los miembros de esa fami¬lia. Se trata de la pérdida de Jesús en el templo cuando él tenía doce años.

La ley de Israel pedía que los muchachos judíos que hubieran llegado a la edad de la pubertad fueran a Jerusalén tres veces al año (ver Ex 23,14-17). Jesús tiene ya doce años, y aunque los rabinos no consideraban obligatoria esta ley hasta los trece, muchos padres llevaban a sus hijos antes de esa edad. Por lo que leemos que «sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua», podemos afirmar que Jesús, antes de comenzar su ministerio público, ya tenía familiaridad con Jerusalén y sobre todo con el templo. La pascua era una de las fiestas más importantes y se celebraba el 14 de Nisán. En esa noche la familia sacrificaba un cordero. Recordaba el primero de esos sacrificios que tuvo lugar exactamente antes que Dios librará a los israelitas de Egipto.

Al principio, la pascua se celebraba en los hogares, pero en los tiempos del Nuevo Testamento era ya la fiesta principal, con afluencia de «peregrinos», que se celebraba en Jerusalén, como leemos en la lectura. Cuando Jesús tuvo doce años, subie¬ron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasa¬dos los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Esto se explica porque las familias subían a la fiesta en caravanas y es posible que un niño estuviera a cargo de otros familiares. No lo encontra¬ron y debieron volver a Jerusalén en su búsqueda. Al tercer día «lo encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y preguntándoles; todos los que lo oían, estaban estupefactos por su inteli¬gencia y sus respuestas». Este es el único episodio que conocemos de la niñez de Jesús. Y Él ya se presenta como un verdadero maestro cuya enseñanza concentra la atención y la admiración de todos.

«¿Por qué nos has hecho esto?...»

Este es, sin duda, uno de aquellos pasajes que nos desconciertan un poco ya que no resulta «políticamente correcto» escuchar las repuesta de Jesús a la pregunta de su Madre. Su Madre expresa su preocupación y le dice: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angus¬tiados te andábamos buscando». Cuando María dice «tu padre» es obvio que se refiere a ¬San José. Sabemos que cuando le llegó el anuncio del ángel Gabriel, ella estaba desposada con «un hombre de la casa de David, llamado José». De manera que, cuando el ángel, refiriéndo¬se al niño que sería concebido en su seno, le dijo: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre», está afirmando que José sería el padre adoptivo del niño y que con María formarían una verdadera familia. Durante su ministe¬rio público, Jesús es llamado «hijo de David» por vía de José. Pero en la res¬puesta de Jesús aparece por primera vez de manera clara la con¬ciencia de su filia¬ción divina: «¿Por qué me buscabais? ¿No sa¬bíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Este «mi Padre» debió sonar como un campanazo; se refiere a Dios y lo llama así. Jesús es hijo de David y es Hijo de Dios; es verdadero hombre y verdadero Dios.

María sabía perfectamente desde la anunciación, ocurrida doce años atrás (todas esas cosas ella las había conservado meditándolas en su cora¬zón), que el hijo de sus entrañas, no era hijo de José sino «Hijo del Altísimo», como le había dicho el ángel Gabriel: «Él será grande y será llamado Hijo del Altísi¬mo... el que ha de nacer santo (sin intervención de varón) será llama¬do Hijo de Dios» (Lc 1,32.35). La pregun¬ta de María se explica porque ésta es la primera vez en que Jesús responde al llamado de su Padre, aunque deba por eso ser causa de angustia para sus padres de esta tierra. Así demues¬tra que él tiene perfecta conciencia de ser «el Hijo», y nos enseña que cuando se trata de la obediencia filial a su Padre, toda otra obediencia debe ceder. La obedien-cia de Jesús a sus padres terrenales es ejemplar; sólo la obediencia a Dios es superior.

Por eso, aunque es verdad que Él tiene que estar en la casa de su Padre, después de respon¬der a ese reclamo, «bajó con ellos y vino a Naza¬ret, y vivía sujeto a ellos». Jesús conocía y observaba fielmente el mandamiento que ordena «honrar padre y madre», y al hombre que le pre¬gunta qué tiene que hacer para alcanzar la vida eterna, entre otros mandamientos, le dice: «Honra a tu padre y a tu madre» (Lc 18,20). Pero con su actitud nos enseña que el primero de los mandamientos es: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,30).Cada cristiano también tiene a Dios como Padre y el Plan de Dios sobre nosotros debe prevalecer sobre toda otra considera¬ción.

Debemos resolver aún un problema. El Evangelio dice que ellos (María y José) no comprendieron la respuesta que les dio. ¿Qué es lo que no comprendieron? Ya dijimos que la incomprensión no está en el hecho de que llame a Dios: «mi Padre», ni tampoco en que obedezca al llamado del Padre por encima de toda otra observancia. Eso ellos lo com¬prendían. La observa¬ción de Lucas no tiene como objeti¬vo destacar algo negativo en María y José; es una adver¬tencia diri¬gida a los lectores para indicar la difi-cultad de todos para compren¬der el misterio de la cruz.

El tema de la incompren¬sión reapa¬rece cada vez que se anuncia la Pasión y la Muerte de Jesús. La pregunta que Jesús hace a sus padres en el templo tiene el mismo sentido que la que hace a Pedro cuando con la espada quiere impedir su prendimiento: «Vuelve la espada a la vaina. El cáliz que me ha dado el Padre, ¿no lo voy a beber?» (Jn 18,11). María es la única que, con el tiempo, comprende perfectamente, porque ella «conser¬vaba cuidadosa¬mente todas las cosas en su corazón». Por eso, cuando al final del Evange¬lio, ante la tumba vacía de Jesús, se hace a las piadosas mujeres una pregunta similar: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24,5), María no está allí. Ella ya comprende; ella no busca a su Hijo entre los muertos, porque sabe que está vivo.

Una palabra del Santo Padre:

«Navidad es la gran fiesta de las familias. Jesús, al venir a la tierra para salvar a la sociedad humana y para de nuevo conducirla a sus altos destinos, se hizo presente con María su Madre, con José, su padre putativo, que está allí como la sombra del Padre Eterno. La gran restauración del mundo entero comenzó allí, en Belén; la familia no podrá lograr más influencia que volviendo a los nuevos tiempos de Belén».
Juan XXXIII. Alocución del 25 de diciembre de 1959

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Conozcamos la apasionante historia del profeta Samuel leyendo 1Sam 1-15. 25, 1.

2. ¿Qué resoluciones concretas debo de realizar para que mi familia pueda ser un verdadero cenáculo de amor?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2201- 2233.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Natividad del Señor


«Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros»

Lectura del profeta Isaías 52, 7-10

«¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: «Ya reina tu Dios!» ¡Una voz! Tus vigías alzan la voz, a una dan gritos de júbilo, porque con sus propios ojos ven el retorno de Yahveh a Sión. Prorrumpid a una en gritos de júbilo, soledades de Jerusalén, porque ha consolado Yahveh a su pueblo, ha rescatado a Jerusalén. Ha desnudado Yahveh su santo brazo a los ojos de todas las naciones, y han visto todos los cabos de la tierra la salvación de nuestro Dios».

Lectura de la carta a los Hebreos 1,1- 6

«Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado. En efecto, ¿a qué ángel dijo alguna vez: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy; y también: Yo seré para él Padre, y él será para mi Hijo? Y nuevamente al introducir a su Primogénito en el mundo dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios».

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 1,1-18

«En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.

Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.» Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado».


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

«¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la Buena Noticia!» Podemos decir que el tema central de todas las lecturas en la Natividad del Señor es el mismo Jesucristo: Palabra eterna del Padre que ha puesto su tienda entre nosotros, que ha acampado entre los hombres. El prólogo del Evangelio de San Juan nos habla de la «Buena Nueva» esperada y anunciada por los profetas (Primera Lectura), nos habla del Hijo por el cual el Padre del Cielo nos ha hablado (Segunda Lectura) y nos revela la sublime vocación a la que estamos llamados desde toda la eternidad «ser hijos en el Hijo».

 «¡Saltad de júbilo Jerusalén!»

El retorno del exilio es inminente y el profeta describe gozoso el mensajero que avanza por los montes como precursor de la «buena noticia» de la liberación del exilio, al mismo tiempo que anuncia la esperada paz y la inauguración del nuevo reinado de Yavheh sobre su pueblo elegido. «Ya reina tu Dios», surge así una nueva teocracia en la que Dios será realmente el Rey de su pueblo y Señor de sus corazones. Los centinelas de Jerusalén son los primeros que perciben la llegada del mensajero con la buena noticia: Dios de nuevo se ha compadecido de su pueblo y «arremangándose las mangas» ha luchado en favor de Israel ante los pueblos gentiles.

 «¡Os ha nacido un Salvador!»

En todas las Iglesias del mundo resonó anoche durante la celebración eucarística la voz del Ángel del Se¬ñor que dijo a los pastores de la comarca de Belén: «Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salva¬dor, que es el Cristo, Señor» (Lc 2,10-11). Lo más extraordina¬rio es que este anuncio se ha repetido todos los años, por más de dos mil años, y en todas las latitudes, sin perder nada de su actualidad. ¿Cómo es posible esto? Hay en ese anuncio dos términos que responden a este interrogante: la palabra «hoy» y el nombre «Señor». La primera es una noción temporal, histórica, y en este texto suena como un campanazo. Ese «hoy» fija la atención sobre un punto determinado de la historia humana, que sucesivamente ha sido adoptado con razón como el centro de la historia. El nombre «Se¬ñor», en cambio, se refiere a Dios, que es eterno, infini¬to, ilimi¬tado, sin sucesión de tiempo. El anuncio quiere decir entonces que el Eterno se hizo temporal, que entró en la historia. ¿Para qué?

Para que nuestra historia tuviera una dimensión de eterni¬dad. Por eso es que los acontecimientos salvíficos, los que se refieren a la persona del Señor, son siempre presente. Ese «hoy» es siempre ahora. Es lo mismo que expresa San Juan en el Prólogo de su Evangelio, que hoy leemos en la Misa del día. Esta solemni¬dad, dada su importancia, tiene una Misa propia de la vigi¬lia, otra Misa de media noche y otra Misa del día.

 «La Palabra habitó entre nosotros»

El Prólogo del cuarto Evangelio parte del origen mismo, pone como sujeto la Palabra y, en frases sucesivas, aclara su esencia: «En el principio existía la Pala¬bra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios». Este «principio» no hace alusión a ningún tiempo, porque se ubica antes del tiempo y está perpetuamente fuera del tiempo. El sujeto al que se refiere todo el texto de San Juan es «la Palabra» que es mencionado otras dos veces: «La Palabra era la luz verdade¬ra que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (v. 9). Y en el v. 14, el punto culmi¬nante de todo el desarro¬llo, el que expli¬ca todo, porque todo conduce hacia allí: «Y la Pala¬bra se hizo carne y puso su morada entre nosotros». La Palabra, que es la Luz verdadera y cuya esencia es divina, es decir, espiritual, se encarnó. El intangible, invisi¬ble, impasible, atemporal se hizo, tangible, visible, sometido a padeci¬mientos y temporal. Para decirlo breve: Dios se hizo hombre.

Es Jesús, quien es la Palabra del Padre. En el misterio de Jesucristo no se puede separar la eternidad del tiempo, el Verbo de Jesús. Sería traicionar la revelación de Dios. A lo largo de la historia Dios había pronunciado palabras por medio de los profetas, palabras que manifestaban de modo incompleto la revelación de Dios. Con Jesucristo el Padre pronuncia la última, definitiva y única Palabra, en la que se comprende y llega a plenitud toda la revelación. Por eso leemos en la Constitución Dei Verbum: «La economía cristiana, por ser alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor» . Es decir todo lo que el Padre quería revelarnos para nuestra salvación ya lo ha realizado en Jesucristo.

El hombre por su propia naturaleza está afectado por el tiempo, es decir, participa de esa característica que posee todo ser temporal: nacer, desarro¬llarse y, finalmente, fenecer. ¿Cómo puede hacer el hombre para entrar en la eternidad? El hombre vive de una vida natural cuyos procesos son el objeto de las ciencias naturales, la biología, la psicolo¬gía, la sociología, etc. ¿Cómo puede hacer para poseer la vida divina y eter¬na sin que quede anulada su vida natural? Esto lo consigue el hombre me¬diante un acto que se cumple en el tiempo, pero le obtiene la eternidad. Este acto es la fe en Cristo, la fe en su identidad de Dios y Hombre, de eterno y temporal, de Hijo de Dios e Hijo de María.

 «Vino a su casa y los suyos no la acogieron»

El texto continúa refiriéndose a «la Palabra» y menciona que los suyos no la acogieron pero aquellos que sí lo hicieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre. El nombre, en la Sagrada Escritura, está en el lugar de la identidad personal. Y esto lo repitió Jesús muchas veces en su vida. Citemos al menos una: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Y el mismo Juan en su carta explica: «Os he escrito estas cosas para que sepáis que tenéis vida eterna, vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios» (1Jn 5,13).

Jesucristo, en quien concurren la humanidad y la divinidad, es el único camino por el cual el hombre puede alcan¬zar a Dios. Lo enseñó Él mismo cuando dijo: «Yo soy el Camino... Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). No hay otro camino pues en ningún otro se juntan la naturaleza humana y la natura¬leza divina, el tiempo y la eternidad; ningún otro es verdadero Dios y verdadero hombre. Y la aparición de esta posibilidad en el mundo es lo que celebra¬mos hoy.

Es una posibilidad que está abierta también hoy y lo estará siempre pues «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre» (Heb 13,8). También hoy está abier¬ta la opción de acogerlo o no acogerlo, de creer o no creer en Él. Si Jesús nació en un pesebre, «porque no había lugar para ellos en la posada» (Lc 2,7), es porque quiso ubicarse en el grado más bajo de la escala humana, a nivel infrahuma¬no. Lo hizo para que nadie se sienta excluido, ni siquiera el hombre más miserable, y todos tengan abierto el camino de la salvación. A todos, como a los pastores, se les anuncia: «Hoy os ha nacido un Salvador». ¡Acogedlo!

Una palabra del Santo Padre:

«Hoy quiero dirigir la mirada a la figura de san José. En el Evangelio de hoy, san Lucas presenta a la Virgen María como «desposada con un hombre llamado José, de la casa de David» (Lucas 1, 27). Sin embargo, el que más importancia da al padre adoptivo de Jesús es el evangelista Mateo, subrayando que gracias a él el Niño quedaba legalmente introducido en la descendencia de David, cumpliendo así las Escrituras, en las que el Mesías era profetizado como «hijo de David». Pero el papel de José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre «justo» (Mateo 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. Por esto, en los días que preceden a la Navidad, es particularmente oportuno establecer una especie de diálogo espiritual con san José para que nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe.

El querido Papa Juan Pablo II, que era muy devoto de san José, nos dejó una admirable meditación dedicada a él en la exhortación apostólica «Redemptoris Custos», «Custodio del Redentor». Entre los muchos aspectos que subraya, dedica una importancia particular al silencio de san José. Su silencio está impregnado de la contemplación del misterio de Dios, en actitud de disponibilidad total a la voluntad divina. Es decir, el silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino más bien la plenitud de fe que lleva en el corazón, y que guía cada uno de sus pensamientos y acciones.

Un silencio por el que José, junto con María, custodia la Palabra de Dios, conocida a través de las sagradas Escrituras, cotejándola continuamente con los acontecimientos de la vida de Jesús; un silencio entretejido de oración constante, oración de bendición del Señor, de adoración de su santa voluntad y de confianza sin reservas en su providencia. No es exagerado pensar que Jesús aprendiera --a nivel humano-- precisamente del «padre» José esa intensa interioridad, que es la condición de la auténtica justicia, la «justicia interior», que un día enseñará a sus discípulos (Cf. Mateo 5, 20).

¡Dejémonos contagiar por el silencio de san José! Nos hace tanta falta en un mundo con frecuencia demasiado ruidoso, que no favorece el recogimiento y la escucha de la voz de Dios. En este tiempo de preparación de la Navidad, cultivemos el recogimiento interior para acoger y custodiar a Jesús en nuestra vida».

Benedicto XVI. Ángelus 18 de diciembre de 2005.


 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Nos dice el gran Papa San León Magno: «Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa. Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común para todos, nuestro Se¬ñor, en efecto, vencedor del pecado y de la muerte, así como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido para salvarnos a todos. Alégrese, pues, el justo, porque se acerca a la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es lla¬mado a la vida». ¡Vivamos hoy la alegría por el nacimiento de nuestro Reconciliador! Compartamos esta alegría en nuestra familia, en nuestro trabajo, con nuestros amigos, con las personas necesitadas.

2. Volvamos a lo esencial de la Navidad. Todo el resto se subordina a la gran verdad de nuestra fe: Navidad es Jesús. ¿Qué voy hacer en mi familia para que éste sea el mensaje central en estos días?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 525-526.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

GLORIA A DIOS EN EL CIELO...



Lectura del Evangelio según San Lucas 2, 1-14:

En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero.
Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.
También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llego el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenía sitio en la posada.
En aquella región había unos pastores, que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.
Y un ángel del señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió con claridad y se llenaron de gran temor.


El ángel les dijo:
“No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontrareis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”

De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejercito celestial, que alababa a Dios, diciendo:

GLORIA A DIOS EN EL CIELO,
Y LA TIERRA, PAZ A LOS HOMBRES QUE DIOS AMA.

martes, 22 de diciembre de 2009

Felicitación Navideña


La Navidad es Gozo, ¡no estés triste!

La Navidad es Paz, si tienes enemigos, ¡reconcíliate!

La Navidad es Encuentro, ¡busca a tus amigos!

La Navidad es Don, hay pobres, ¡ayúdalos!

La Navidad es Humildad, si hay soberbia, ¡sepúltala!

La Navidad es Justicia, si tienes compromisos, ¡cúmplelos!

La Navidad es Perdón ¡arrepiéntete!

La Navidad es Luz, si estás en tinieblas, ¡enciende tu lámpara!

La Navidad es Verdad, si hay errores, ¡reflexiona!

La Navidad es Amor, si tienes odio, ¡olvídalo!

Y si para vivir en Armonía tenemos que esperar la Navidad… estaremos desperdiciando el diario Vivir!

PUES LES DESEO A TODOS QUE PASEN UNA MUY FELIZ NAVIDAD Y UN PRÓSPERO AÑO NUEVO EN COMPAÑIA DE TODA SU FAMILIA.

CON LOS MEJORES DESÉOS

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viernes, 18 de diciembre de 2009

jueves, 17 de diciembre de 2009

Vino a su casa,.... los que le recibieron los hizo capaces de ser hijos de Dios.


Vino a su casa, pero los suyos no le recibieron.
A los que le recibieron los hizo capaces de ser hijos de Dios.
Juan 1, 11-12

¡Habéis venido a buscar a Jesucristo! A Jesucristo que, sin embargo, primero os busca a vosotros. En efecto, celebrar el Jubileo no tiene otro significado que el de celebrar y encontrar a Jesús, la Palabra que se hizo carne y vino a habitar entre nosotros.

Las palabras del Prólogo de San Juan, que acaban de ser proclamadas, son en cierto modo su "tarjeta de presentación". Nos invitan a fijar la mirada en su misterio. Estas palabras son un mensaje especial dirigido a vosotros, queridos jóvenes: "En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios" (Jn 1,1-2).

Al hablar de la Palabra consustancial con el Padre, de la Palabra eterna engendrada como Dios de Dios y Luz de Luz, el evangelista nos lleva al corazón de la vida divina, pero también al origen del mundo. En efecto, la Palabra está en el comienzo de toda la creación: "Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe" (Jn 1,3). Todo el mundo creado, antes de ser realidad, fue pensado y querido por Dios con un eterno designio de amor. Por tanto, si observamos el mundo en profundidad, dejándonos sorprender por la sabiduría y la belleza que Dios le ha infundido, podemos ya ver en él un reflejo de la Palabra que la revelación bíblica nos desvela en plenitud en el rostro de Jesús de Nazaret. En cierto modo, la creación es una primera "revelación" de Él.

El anuncio del Prólogo continúa así: "En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres y la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron" (Jn 1,4-5). Para el evangelista la vida es la luz, y la muerte - lo opuesto a la vida - son las tinieblas. Por medio de la Palabra surgió toda vida en la tierra y en la Palabra encuentra su cumplimiento definitivo.

Identificando la vida con la luz, Juan tiene también en cuenta esa vida particular que no consiste simplemente en las funciones biológicas del organismo humano, sino que brota de la participación en la vida misma de Cristo. El evangelista dice: "La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (Jn 1,9). Esa iluminación le fue concedida a la humanidad en la noche de Belén, cuando la Palabra eterna del Padre asumió un cuerpo de María Virgen, se hizo hombre y nació en este mundo. Desde entonces todo hombre que mediante la fe participa en el misterio de ese acontecimiento experimenta de algún modo esa iluminación.

Cristo mismo, presentándose como luz del mundo, dirá un día: "Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz" (Jn 12,36). Es una exhortación que los discípulos de Cristo se transmiten de generación en generación, buscando aplicarla a la vida de cada día. Refiriéndose a esta exhortación San Pablo escribirá: "Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad (Ef 5,8-9).

El centro del Prólogo de Juan es el anuncio de que "la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros" (Jn 1,14). Poco antes el evangelista había dicho:

"Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios" (Jn 1,11-12).

Queridos jóvenes, ¿estáis vosotros entre los que han acogido a Cristo? Vuestra presencia aquí ya es una respuesta. Habéis venido a Roma, en este Jubileo de los dos mil años del nacimiento de Cristo, para acoger dentro de vosotros su fuerza de vida. Habéis venido para volver a descubrir la verdad sobre la creación y para asombraros nuevamente por la belleza y la riqueza del mundo creado. Habéis venido para renovar en vosotros la conciencia de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.

"Y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1,14). Un filósofo contemporáneo ha subrayado la importancia de la muerte en la vida humana, llegando a calificar al hombre como "un ser-para-la-muerte". El Evangelio, por el contrario, pone de relieve que el hombre es un ser para la vida. El hombre es llamado por Dios a participar de la vida divina. El hombre es un ser llamado a la gloria.

[Juan Pablo II en la Plaza San Pedro con ocasión de la XV Jornada Mundial de la Juventud.]

lunes, 14 de diciembre de 2009

Canciones del alma en la íntima comunicación, de unión de amor de Dios.


¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro!



¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe,
y toda deuda paga!
Matando. Muerte en vida la has trocado.



¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su Querido!



¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!

jueves, 10 de diciembre de 2009

“¡Qué dicha tener la Cruz!


Quien posee la Cruz posee un tesoro!

NUEVO DECÁLOGO DE BENEDICTO XVI EN SUS DISCURSOS EN FRANCIA SOBRE LA SANTA CRUZ

“¡Qué dicha tener la Cruz! Quien posee la Cruz posee un tesoro!
1.- La cruz que llevamos colgada del cuello no es un adorno ni una joya. Es el precioso símbolo de nuestra fe, el signo visible y material de la vinculación a Cristo.
2.- La cruz es la fuerza de Dios, la sabiduría de Dios. Esta sabiduría, misteriosa y escondida (cf. 1 Co 2,7), nos ha sido revelada por el Espíritu, porque “a nivel humano uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una locura; no es capaz de percibirlo porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu” (1 Co 2,14).
3.- Para los cristianos, la Cruz simboliza la sabiduría de Dios y su amor infinito revelado en el don redentor de Cristo muerto y resucitado para la vida del mundo, en particular, para la vida de cada uno.
4.- La Cruz no es sólo el signo de nuestra vida en Dios y de nuestra salvación, sino también el testigo mudo de los padecimientos de los hombres y, al mismo tiempo, la expresión única y preciosa de todas sus esperanzas.
5.- Sé que venerar la Cruz a veces también lleva consigo el escarnio e incluso la persecución. La Cruz pone en peligro en cierta medida la seguridad humana, pero manifiesta, también y sobre todo, la gracia de Dios y confirma la salvación.
6.- Os confío la Cruz de Cristo. El Espíritu Santo os hará comprender su misterio de amor y podréis exclamar con San Pablo: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gál 6,14).
7.- Pablo había entendido la palabra de Jesús –aparentemente paradójica- según la cual sólo entregando (“perdiendo”) la propia vida se puede encontrarla (cf. Mc 8,35; Jn 12,24) y de ello había sacado la conclusión de que la Cruz manifiesta la ley fundamental del amor, la fórmula perfecta de la vida verdadera.
8.- La señal de la Cruz es de alguna forma el compendio de nuestra fe, porque nos dice cuánto nos ha amado Dios; nos dice que, en el mundo, hay un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras debilidades y pecados. El poder del amor es más fuerte que el mal que nos amenaza.
9.- Este misterio de la universalidad del amor de Dios por los hombres, es el que María reveló aquí, en Lourdes. Ella invita a todos los hombres de buena voluntad, a todos los que sufren en su corazón o en su cuerpo, a levantar los ojos hacia la Cruz de Jesús para encontrar en ella la fuente de la vida, la fuente de la salvación.!
10.- El mensaje de María, al pie de la Cruz, es un mensaje de esperanza para todos los hombres y para todas las mujeres de nuestro tiempo, sean del país que sean. María, la Virgen de la Cruz y de los crucificados, es la Estrella de la esperanza.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

¡¡ Ave María !! .. ¡¡Ora pro nobis !!

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Señor ha hecho en mí maravillas.
Lucas 1,48




== HIMNO ==
De Adán el primer pecado
No vino en vos a caer;
Que quiso Dios preservaros
Limpia como para él.

De vos el Verbo encarnado
Recibió humano ser,
Y quiere todapureza
Quien todopuro es también.

Si Dios autor de las leyes
Que rigen la humana grey,
Para engendrar a su madre
¿no pudo cambiar la ley?

Decir que pudo y no quiso
Parece cosa cruel,
Y, si es todopoderoso,
¿con vos no lo habrá de ser?

Que honrar al hijo en la madre
Derecho de todos es,
Y ese derecho tan justo,
¿Dios no lo debe tener?

Porque es justo, porque os ama,
Porque vais su madre a ser,
Os hizo Dios tan purísima
Como Dios merece y es. Amén.

Pictures of Michelangelo Art